lunes, 26 de noviembre de 2007

Con


Con era mi perro. Digo era porque el pasado mes de Agosto nos dejó para siempre. Vino a casa a sustituir a otro perro mío que se murió a destiempo a causa de un accidente y lo recibimos con gran ilusión. Era un Pastor Alemán, un perro inteligente y valiente que aprendía con gran rapidez. Cuando lo llamaba venía hacia mí galopando y esperando que le lanzase la pelota o con un limón en su boca para proponerme jugar un rato. Cuando tenía un año decidimos buscarle una compañera y compramos a Gundy. Gundy, una perra alocada de joven que estaba siempre inventando modos de saltar las verjas y los muros, ha resultado ser una madre excelente, muy sufrida y cariñosa. Con y Gundy tuvieron 18 cachorros en dos camadas de 9 cada una y de igual número de hembras y machos en cada una de ellas, lo cual prueba la disciplina de unos genes alemanes puros. En los diez años que vivieron juntos ellos desarrollaron su propia relación: Gundy era la jefa, por su mayor corpulencia, y cuando nosotros caminábamos por el jardín iba dando vueltas sin cesar a nuestro alrededor para impedir que Con se acercara a nosotros. Cuando Con hacía algo que no debía y le llamábamos la atención, Gundy le dejaba claro las cosas peleándolo a su manera. Con gemía contínuamente tratando de llamar mi atención para que le acariciara y cuando me sentaba en la terraza se colocaba a mi lado y apoyaba su cabeza sobre mis piernas. Gundy lo tenía dominado. Yo a veces me preguntaba si habíamos hecho bien en poner a Gundy en casa con él pues lo veía amedrentado por ella. Sin embargo, por las tardes a eso de las cinco, los dos iniciaban sin previo aviso el ritual del juego y de los arrumacos. Se ponían a jugar uno con el otro en el jardín, se besaban, desplomaban todo su peso en el césped y dejaban que el otro se acercara... se levantaban, se retaban... todo en silencio, en su propio lenguaje y en el bienestar de su intimidad que nosotros sólo podíamos contemplar desde detrás de los visillos. Este verano como ya dije, Con se fué. Se marchó de repente, todo fue muy rápido. Gundy lo notó aunque no trajimos su cuerpo a casa. Dejó de comer, se quedó sin fuerzas, sin ánimo... escarbaba sin cesar en el sitio dónde Con yació el último día antes de llevarlo a la clínica... pensamos que se iba con él. Por eso recogimos a Kaki: una perrita de dos años con un pasado... que está todavía muy nerviosa y que se asusta cuando ve a algún hombre alto. Ella está nuevamente bajo las órdenes de nuestra fiel Gundy que la trata como si fuera su bebé... pero yo sé que Gundy echa de menos a su compañero, que ella mira a Kaki como si fuera una hija díscola a la que hay que estrechar el círculo... pero su vida y sus ilusiones se fueron con Con... y yo lo echo de menos.


viernes, 23 de noviembre de 2007

la madrastra


El simple uso de la palabra 'madastra' resulta ofensivo. Pero ¿qué han hecho esas mujeres que tiene que ser castigado por la historia con tanta saña? A mi modo de ver lo único que han hecho es haberse casado con un señor que las necesitaba con urgencia tras haber perdido a la madre de sus hijos? Estas mujeres no sólo ocupaban la segunda posición, la primera permanecía envuelta en la leyenda de una muerte prematura conservando íntegra su juventud y fuerza, también tenían que hacerse cargo de un marido que les reprochaba contínuamente que no hicieran las cosas como la anterior, que esperaba encontrar en ellas una réplica exacta de la deíficada fallecida. Luego estaban aquellos hijos que lloraban desconsoladamente a su madre legendaria que probablemente estuvo siempre muy débil para acunarlos en sus brazos pero que ellos recuerdan como un modelo de perfección imposible. La madrastra tiene que ocuparse. Tiene que lidiar con los fanáticos adoradores de la figura pintada en el cuadro del salón que desde el lienzo parece mirar bondadosamente, aunque la pobre madrastra adivina una sonrisa de burla y oye como aquella quedamente le repite: '¡no te queda nada!'. La madrastra se preocupa de los estudios de los huerfanitos, de llevarlos de tiendas, de los regalos de cumpleaños, de hacer la comida, de pagar aquí y allá, de con quién salen y con quién entran... se traga la adolescencia con sus negativas a aceptar nada y tiene que aguantarse las ganas de mandarlos a cierto sitio. Se siente a veces excluída porque los vástagos y el padre comparten no sólamente rasgos físicos, sino que también tienen un mismo sentido del humor y aficiones culinarias. Ella está sola, ella es la extraña.
Las leyendas están plagadas de farsedades. Ya es hora de que se coloque a estas mujeres secundonas en el lugar que les corresponde: ellas han estado siempre ahí, en el lugar que la otra, con el cutis terso y las manos suaves, dejó libre... quizás porque no tenía fuerzas.


jueves, 22 de noviembre de 2007

La pelona

En clase hemos estado hablando de la palabra 'death' en Inglés y surgió la pregunta de cómo imaginábamos la muerte. Algunos decían que era algo abstracto y que para ellos no se trataba de ninguna personificación, para otros era un esqueleto con una hoz en la mano y una bata larga. El caso es que para la mayoría se trata de un esqueleto, lo cual significaría que la muerte fue en algún tiempo anterior un ser humano, el requisito indispensable para posteriormente convertirse en esqueleto. ¿Qué fue lo que convirtió a ese ser humano de antaño en la vulgarmente llamada 'pelona' que viene a buscarnos en momento y hora señalado? ¿Cómo consiguió ese trabajo? También llama la atención que muchos la imaginamos en femenino, alta en estatura y con delgados huesos, pero mujer... ¿será porque todos los malos conceptos los tenemos asociados en nuestra cultura a la condición femenina?.
Yo particularmente pienso que la muerte es simplemente un paso que nos conduce a otra realidad, a otro plano de existencia donde perduramos de alguna otra manera sin conciencia de lo que somos. Cuando nos preguntamos dónde estábamos antes de venir a este mundo, nos resulta muy extraño pensar que simplemente estamos aquí ahora y que ni fuimos ni seremos nada más. La existencia es muy diminuta en relación con la grandeza de nuestro universo. Nos lamentamos por la muerte de un ser querido que nos ha dejado quizás antes de tiempo, y no nos damos cuenta de que quizás hayamos dado también el último adios a tantas otras personas que conocemos y que vimos ayer, saludamos amablemente, intercambiamos unas palabras con ellos y que puede que nunca más volvamos a ver. Ya hace mucho tiempo descubrí que la vida está entretejida de holas y adioses. La distancia que media entre la muerte de nuestros allegados y la nuestra es mínima, un puñado de años escasos, por lo que nuestra reunión formando parte de otra sustancia será prácticamente inmediata. Tal vez por ello al transcurrir los años el tiempo adquiere una nueva dimensión y pasa a estar hecho de otra sustancia más fluida. Se nos pasan los días y los años sin darnos cuenta, tal vez para prepararnos para esa otra experiencia venidera donde el tiempo como lo entendíamos en nuestra niñez no existe, sino que todo goza simplemente de una total inmediatez. Cuando contemplamos un cadaver, apreciamos un maniquí, un muñeco que se asemeja a alguien que conocimos pero que ya no tiene lo más importante: el aliento vital... eso que físicamente pesa unos gramos, lo cual demuestra que algo sale del cuerpo y se pierde en el ambiente. También están las historias de todos aquellos que cruzaron la línea y por algún motivo lograron regresar... todos ellos han perdido el miedo a la muerte, hablan de una profunda paz, de una intensa claridad, de un no querer volver.
Estamos todos en cola para embarcar en tan intrigante viaje, pero no sabemos en qué número de la cola estamos y cuándo va a ser el momento en que nos van a llamar a bordo. Me acuerdo de la parábola de las vírgenes que esperaban a su señor en cualquier momento y tenían que mantener sus lámparas de aceite encendidas y no dormirse para estar listas cuando él viniera. Recuerdo cómo me impresionaba la historia por su no-saber, por la constante sorpresa y vigilia. Así, la pelona puede venir a buscarnos en cualquier momento, en cualquier parte, quizá para invitarnos a entrar en una gran fiesta, para darnos un respiro a tanto sufrimiento propio y ajeno, para que definitivamente nos desprendamos de lo superfluo y pasemos a ser lo que realmente somos... ¿aire?


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