
El simple uso de la palabra 'madastra' resulta ofensivo. Pero ¿qué han hecho esas mujeres que tiene que ser castigado por la historia con tanta saña? A mi modo de ver lo único que han hecho es haberse casado con un señor que las necesitaba con urgencia tras haber perdido a la madre de sus hijos? Estas mujeres no sólo ocupaban la segunda posición, la primera permanecía envuelta en la leyenda de una muerte prematura conservando íntegra su juventud y fuerza, también tenían que hacerse cargo de un marido que les reprochaba contínuamente que no hicieran las cosas como la anterior, que esperaba encontrar en ellas una réplica exacta de la deíficada fallecida. Luego estaban aquellos hijos que lloraban desconsoladamente a su madre legendaria que probablemente estuvo siempre muy débil para acunarlos en sus brazos pero que ellos recuerdan como un modelo de perfección imposible. La madrastra tiene que ocuparse. Tiene que lidiar con los fanáticos adoradores de la figura pintada en el cuadro del salón que desde el lienzo parece mirar bondadosamente, aunque la pobre madrastra adivina una sonrisa de burla y oye como aquella quedamente le repite: '¡no te queda nada!'. La madrastra se preocupa de los estudios de los huerfanitos, de llevarlos de tiendas, de los regalos de cumpleaños, de hacer la comida, de pagar aquí y allá, de con quién salen y con quién entran... se traga la adolescencia con sus negativas a aceptar nada y tiene que aguantarse las ganas de mandarlos a cierto sitio. Se siente a veces excluída porque los vástagos y el padre comparten no sólamente rasgos físicos, sino que también tienen un mismo sentido del humor y aficiones culinarias. Ella está sola, ella es la extraña.
Las leyendas están plagadas de farsedades. Ya es hora de que se coloque a estas mujeres secundonas en el lugar que les corresponde: ellas han estado siempre ahí, en el lugar que la otra, con el cutis terso y las manos suaves, dejó libre... quizás porque no tenía fuerzas.
Las leyendas están plagadas de farsedades. Ya es hora de que se coloque a estas mujeres secundonas en el lugar que les corresponde: ellas han estado siempre ahí, en el lugar que la otra, con el cutis terso y las manos suaves, dejó libre... quizás porque no tenía fuerzas.
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