viernes, 14 de diciembre de 2007

La lluvia


Tal vez el hecho de haber nacido en Noviembre, un jueves en el que probablemente estuviera lloviendo, me ha marcado en mis gustos de por vida.
Cuando era pequeña, una de las diversiones que teníamos era asomarnos a la ventana con la persiana abierta y los cristales bajados, para así, en el calor del hogar, mirar hacia afuera y ver las reacciones de los desafortunados a los que la lluvia había sorprendido camino a casa. La calle entonces se convertía en un torrente que iba subiendo rápidamente su cauce y exigía que los transeúntes se quitasen los zapatos si no los querían arruinar cruzando calzados. Las medias de las señoras se empapaban y, ellas, con los zapatos en la mano, apoyando las puntas de sus congelados pies, trataban de mantener el tipo ante el bochorno de verse contempladas por un enjambre de niños arracimados con las narices pegadas al cristal de la ventana del piso superior. Los barrancos se convertían entonces en aquellos ríos que sólo habíamos visto en los libros de geografía y nos alongábamos en la baranda al borde del precipicio para ver como el agua marrón bajaba furiosa en su camino desesperado hacia el mar.
Era el momento de abrir el armario de las botas de agua que se mantenía cerrado con una llave bordada de hierro con el número 7. Armados así, con botas de agua negras y los primeros impermeables de nylon azul marino nos dirigíamos al colegio chapoteando en los charcos con la seguridad de no mojarnos pasase lo que pasase.
Cuando llovía, el tiempo se paraba y la vida se desplazaba a un primer plano. Era un alto en nuestros quehaceres, dejábamos de hacer lo que tuviéramos entre manos y nos dedicábamos, asombrados y expectantes, a observar cómo la lluvia iba mojándolo todo penetrando por todas las rendijas. En esos momentos dejábamos de ser individuos aislados para sentirnos seres unidos frente al fenómeno que estábamos presenciando. Si además se producía una tormenta, la vida adquiría aún más presencia. Nos sentíamos en una situación de emergencia y nos inventábamos miedos inexistentes para acercarnos más unos a otros y reclamar esa caricia que necesitábamos y no nos atrevíamos a pedir de otro modo.
La lluvia siempre me ha gustado. Nos convierte a todos en lo que en realidad somos: unos seres vulnerables e indefensos frente a la naturaleza y la vida. Todos sin excepción nos mojamos: ricos y pobres; altos y bajos; guapos y feos; listos y tontos… por todo ello me gusta la lluvia, ¡es tan democrática!




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