
Hace dos años exactamente que dejé de fumar. Fumaba un paquete de cigarrillos diario, o sea veinte cigarrillos mínimo al día. La primera vez que fumé lo hice en los jardines de un colegio en Inglaterra con un grupo de alumnas y a escondidas. Eran cigarrillos mentolados que hacían que el sabor del tabaco no fuera tan desagradable. Seguí haciéndolo como moda, para estar admitida dentro de los grupos a los que quería pertenecer.
Durante los primeros años no fumaba mucho, e incluso no compraba cigarrillos, sino que pedía una calada a mis amigas cuando fumaban. Por eso, en una ocasión, mi amiga Loli me puso un petardo en uno de sus cigarrillos y cuando le pedí una calada me lo dió y me explotó. El problema no fue muy grave, pues la carga explosiva era leve, lo único era que estábamos en clase en la universidad y,claro, todo el mundo se volvió a mirarnos.
Entonces se podía fumar en todas partes: en los hospitales, en clase, en la universidad... recuerdo incluso dar clase con el cigarrillo en la mano en los primeros años de mi vida profesional.
La verdad es que fumar me acompañaba bastante, me ayudaba a digerir mejor los disgustos y a resolver los problemas y ya que no bebía no me quedaba otro vicio que ese.
Al ir acercándome a los cincuenta me empecé a plantear que aquello no era bueno, que debería dejarlo, que el cáncer de pulmón me estaba esperando divertido al final de la calle... también contaba con la experiencia de mi padre que lo dejó en su momento de cuajo: sin parches, ni acupuntura, ni chicles, ni nada... para no volver nunca jamás, aunque reconociera que todavía le entraban ganas de fumarse un cigarro al vernos a nosotros.
Pero lo que quiero decir aquí es lo que me impulsó a dejarlo definitivamente. Me dí cuenta de que los que fumábamos estábamos desplegando un ataque contra nosotros mismos, que algo no funcionaba bien, que nos queríamos castigar por las culpas que sentíamos por algo... Ansiaba estar en el otro grupo de personas: las que no se castigan, las que no viven en la culpa, las que se sienten merecedoras de las cosas buenas que les suceden.
Y, como una marioneta impulsada por un poder superior, lo hice. No fuí yo, a mí alguna fuerza superior me apartó del vicio dándome una nueva oportunidad. Fue fácil. Tan fácil que ahora mi cabeza no comprende a la gente que aspira el humo con toda la fuerza de sus pulmones para hacerse pagar un castigo por algo que probablemente no cometieron.