Hoy celebraba su cumpleaños una colega en el trabajo y ha dado la casualidad de que cumplía los mismos años que yo, 51. Por lo tanto, nos hemos puesto a hablar de lo rápido que pasa el tiempo y de ese fenómeno tantas veces comentado de que a medida que pasan los años, los días y los meses aceleran el paso y saltamos de uno a otro sin ni siquiera darnos cuenta. Esta persona me preguntaba el por qué de esa prisa del tiempo por pasar de largo y dejarnos con cara de tontos sin poderle dirigir ni siquiera la palabra. Recordamos que cuando éramos niños, un minuto podía durar eternamente y, de hecho, cuando teníamos que estar sentados más de un cuarto de hora en algún sitio era imposible impedir que nuestras piernas se pusieran en movimiento y nos levantaran de nuestro asiento. Teníamos todo el tiempo por delante, pensamos ahora, pero entonces no nos planteábamos qué tiempo era el que nos quedaba. Estábamos simplemente ahí y vivíamos intensamente el momento presente ajenos a todo lo que fuera el ayer o a lo que el mañana nos pudiera traer. Estábamos entonces despiertos y sentíamos una tremenda curiosidad por averiguar cómo funcionaba el mundo y cómo podíamos interpretar lo que sentíamos y experimentábamos por primera vez. Lo queríamos probar todo.
Quizás ahora estemos un poco de vuelta de todo o tal vez hemos perdido aquella mirada del mundo que nos hacía inmortales. Nos hemos vuelto mortales y cada vez nos reconciliamos más con la idea de nuestro propio final.
1 comentarios:
Tenía la sensación de que el tiempo no existía. Todo se experimentaba y se vivía como si fuera lo único que teníamos delante. Las risas siempre eran pocas y el mayor gusto venía del contacto con la naturaleza. Siempre pura, diáfana, clara hasta en un día oscuro. Los temores eran los que te dictaban los mayores, a saber; no te alongues allí, no estés tanto tiempo con el agua, no salgas sin abrigarte...
El tiempo te va dando mil vueltas inesperadas y con sus manecillas te va empujando hacia no sabemos dónde. Es implacable, no se detiene y hasta cuando quisieras retroceder en busca de ese amparo casi infantil, sigue su marcha intrépido y sin pedirnos permiso...
La marcha no ha sido a saltos de canguro, si bien empezó a ser lenta para luego ir apurando su paso. El paso del tiempo dictamina nuestra lucha, nuestras vivencias, nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestro desarrollo y parte de nuestra personalidad. Sólo parte, porque la otra parte está impuesta por nuestros genes. Esos que no tienen nada que ver con el tiempo. ¿O si?
Un abrazo
Tanci
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