Me he pasado la vida yendo al colegio. Resulta increíble verlo de esta manera, pero así es. Me dí cuenta de lo obvio un día en el que muy temprano ví como unos padres jóvenes dejaban a su bebé de unos meses en la guardería antes de irse corriendo a trabajar. Yo pasaba por la calle en ese momento y recuerdo que pensé: '¡el pobre! tan pequeño y ya va al cole'. Seguí caminando y de repente caí en la cuenta de que yo, tan mayor, todavía seguía yendo al colegio todos los días. Mi vida transcurría a golpe de timbre y los libros y pupitres formaban parte de mi mobiliario habitual.
Pues bien, mañana volvemos a las aulas. Recuerdo que cuando era una niña y comenzaba el curso, allá en Octubre, tenía sentimientos encontrados: por un lado la vuelta a los madrugones que tan poco me gustaban y por otro el reencuentro con mis compañeras de clase a las que no había visto en tres meses.
La vuelta al colegio tenía que ver con lápices, cuadernos y libros nuevos. También con uniformes renovados y blusas blancas como la nieve confeccionadas para la ocasión. El único elemento que nos permitía ser un poco más libres eran los zapatos que yo trataba de buscar a mi gusto entre la escasa oferta existente en las tiendas de mi ciudad. El primer día era un día de ilusión, de risitas nerviosas, de sorpresas y de análisis. Analizábamos a nuestra profesora, fijándonos en que las leyendas que circulaban en el colegio acerca de ella coincidieran con la imagen que recibíamos en el aula en aquel primer día. La ilusión se iba apagando a lo largo de la mañana y por la noche ya estábamos de lleno introducidas en el nuevo curso: al día siguiente había que madrugar y nos pedirían que respondiéramos a preguntas dificilísimas.
Hoy me siento rara... han sido dos meses de vacaciones, pero he decidido ir a trabajar sin pensarlo demasiado, como quien va al supermercado: lo importante de ir al super es lo que pasa antes o después, el supermercado es una mera anécdota. Nuestro trabajo tiene que pasar a ser una anécdota en medio de lo importante: ¡nuestra vida!

