Sola. Todos los que tratamos de asomarnos a su vida nos dimos cuenta de que elegía estar sola. Sola con los libros que iban novelando su vida en un pergamino de irrealidad. Con la cara aplastada contra el cristal tratábamos de adivinar lo que ocurría tras el ruidoso girar de los cerrojos de la puerta al caer la noche. Tal vez alguna fiesta imaginaria o, quizás, una sucesión de oníricos brindis en bailes de fantasía.
Mudos testigos de sus andanzas, los libros crecían en número tras la regular visita semanal a la librería del barrio de donde la veíamos venir moviendo acompasadamente a derecha e izquierda una bolsa de plástico en cuyo interior se adivinaba un amasijo de historias con sus correspondientes lomos. Así, una semana y otra, hasta el trágico día en que sus ojos se apagaron y, extenuados, rehuyeron el papel.
Dicen los que la vieron jugar de pequeña que su belleza era célebre. Su cabello dorado y sus ojos azul celeste le otorgaban un lugar preferente en todas las conversaciones y sus vestidos primorosamente elaborados encendían las envidias de las amigas. Sin embargo, los que esperaban que aquella semilla engendrara la flor correspondiente vieron con decepción como un arbusto crecía en su lugar. La semilla de su alma se quebró en el proceso por un acontecimiento trivial de consecuencias perennes.
Fue una tarde de primavera cuando al entrar en casa se dio de bruces con su madre y su hermana menor. Cuatro ojos la miraron intensamente con el miedo propio de los que han sido descubiertos. Quedó enganchada en aquella mirada hasta que la pesada tapa del arcón se desplomó con un terrible golpe seco y el posterior tintineo de cerrojos metálicos. De un lado del arcón colgaba el resto de alguna pieza de ajuar que su madre escondía para su hermana. No dijo nada, levantó la mirada hacia la escalera y se dirigió a un futuro marcado con un golpe tan brutal que cercenó de cuajo su femineidad ante la falta de legitimidad materna.
Desde entonces empezó a rezumar un caliente odio hacia su progenitora y el veneno de la inferioridad contaminó su vida. Aprendió a no molestar, a aislarse convencida de no tener merecimientos. Por eso se identificó con los libros y los salvó frente a todos los que trataron de acercarse.
En una ocasión, en medio de la noche se encontró mal, un ataque al corazón tal vez, pero ella no era quien para molestar el sueño de nadie. Así que escribió un mensaje por si no pasaba de esa noche y lo colocó cuidadosamente visible en la mesilla bajo la lámpara; se cambió de camisón para tener buen aspecto cuando la encontraran cadáver por la mañana y se sentó apoyada en la cabecera de la cama esperando a la muerte. El alba la encontró viva aunque debilitada sin legitimidad para vivir.
Cuando la veo caminar por las calles con sus ojos apagados y su bolsa de plástico ahora sin libros, oigo en el fondo el estampido de la tapa del arcón cayendo pesadamente sobre su femineidad y aplastándole la vida y su recuerdo.




