domingo, 18 de octubre de 2009

Cósmico Instante



Llevaba semanas preparando el examen y estaba claro que la física no era materia fácil ya que cada concepto hacía brotar en su conciencia cientos de preguntas que hechizaban su tiempo libre con elucubraciones metafísicas de imposible solución.
La velocidad es igual a espacio partido por tiempo… lo sabía de memoria, como las oraciones al ángel de la guarda que la Tata recitaba con él por las noches y que eran como un mantra que le impulsaba a dejar caer pesadamente los párpados tras la larga jornada. Ahora se detenía y examinaba la fórmula a la luz de la razón: “claro, el tiempo que tardo en ir a un sitio y la distancia a la que ese sitio esté me dicen exactamente a qué velocidad he ido…entonces, ¿qué es el tiempo? pues será el espacio partido por la velocidad… si me dirijo a un lugar que está a dos kilómetros a una velocidad de 1 km/h tardaré dos horas…”
Lo entendía, había conseguido transformar aquel mantra en algo coherente para su razón. Pero, el tiempo… ¿qué es el tiempo? El abuelo había muerto treinta años atrás en plena juventud y la abuela le sobrevivió veinte años. A todos les parecía que uno se había marchado muy pronto y la otra había tenido una vida de razonable longitud. Sin embargo, para él ambos se habían aunado en la ausencia. De la muerte del uno a la de la otra no había pasado más que un microsegundo temporal en medio de la inmensidad de la historia dejando tras de sí un mismo doloroso hueco atemporal.
Algunos libros del estudio proclamaban que el tiempo era una invención, una manera de presentar los acontecimientos para poderlos aprehender con nuestra limitada comprensión. El ser humano lo había reducido todo midiendo lo inconmensurable para poderlo contabilizar, creando un mundo limitado y predecible y desvirtuando la verdadera naturaleza de una vida tan rica y especial como la nuestra.
¿Qué es un metro? Pues la distancia que media entre los dos extremos de una barra de platino iridio que se encuentra en el Museo de Pesas y Medidas en París. Todo había sido transformado para poderlo contabilizar, para hacer que tuviéramos acceso a lo insondable. Lo mismo había ocurrido con el tiempo, lo habíamos metido en el tic-tac de nuestros relojes haciéndolos girar y girar sin parar en un fútil intento de abarcar lo inabarcable. El tiempo, definitivamente, era una invención, una entelequia para simplificar nuestras experiencias.
Y ¿cómo sería nuestro tiempo si no lo hubiéramos metido dentro de la arena de los relojes? ¿Cómo percibiríamos la realidad? ¿Sería un continuum en el que todo estaría presente? Los libros de su madre versaban sobre distintas fórmulas para recuperar el presente, dar a todos nuestros actos la presencia de lo actual sin proyecciones del pasado ni el futuro. ¿Es éso el tiempo? Entonces es que el tiempo está parado en realidad… y ¿todo ocurre en el mismo instante? Debe de ser que vivimos y morimos en un mismo instante cósmico.
Y entonces lo entendió y vio como sus pies se afianzaban sobre la tierra y alzando la cabeza sintió como la grandeza de la inmensidad inundó sus pulmones. Se sintió infinitamente vivo. Siempre había sido y siempre sería y el tic tac de los relojes se fue apagando.


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